Encajar vs. Pertenecer: Cómo entrenar la Autenticidad en lo cotidiano.
Qué bien se siente expresarse auténticamente y ver a otros hacer lo mismo, incluso (o especialmente) cuando esas expresiones son completamente diferentes a la propia.
Una de las cosas que más disfruto de viajar es observar la diversidad de estilos haciendo people watching.
Pienso, por ejemplo, en las dos señoras en sus cincuenta en el centro de Madrid, con sus ‘outfits’ estilo Baby Spice (si eres millennial o gen X sabes exactamente cómo es)… O en las dos señoras caminando por la calle Alecsandri en Oradea, que me recordaron a un lienzo impresionista con sus sombreros anchos y vestidos de estampados florales.
Cada una se veía totalmente cómoda con su propio estilo, ignorando por completo el molde a su alrededor.
Esta no es una publicación de moda, entonces ¿Por qué te hablo de esto?
Porque, desde mi perspectiva, la autenticidad y la libre expresión impactan directamente en nuestro bienestar integral, por lo que vale la pena convertirlas en un hábito diario… Además, es contagioso. Libres ellas, libre yo.
El instinto de encajar vs. la necesidad de pertenecer
Buscar la aprobación del entorno o mimetizarnos con el grupo no es una falla de carácter. Desde una perspectiva evolutiva, el deseo de conexión ha sido una herramienta de supervivencia poderosa: para nuestros ancestros, el aislamiento social equivalía a una muerte casi segura (Baumeister & Leary, 1995).
Nuestro cerebro aprendió que la conformidad es una estrategia eficiente para reducir riesgos y asegurar recursos, atención y afecto (Morgan & Laland, 2012). (1, 2, 3)
Sin embargo, la psicología moderna hace una distinción interesante: una cosa es pertenecer y otra muy distinta es encajar. Intentar encajar significa moldearnos para ser aceptados por un grupo, lo que a menudo nos hace sacrificar nuestra esencia. Pertenecer, en cambio, requiere presentarnos como somos. El reto moderno no es eliminar este instinto social, sino gestionarlo para que el deseo de “encajar” no termine ahogando nuestra identidad, comprometiendo nuestra creatividad o desgastando nuestra empatía (4, 5, 6)
Más allá de la estética: Conectando la autenticidad y el bienestar
Ver a estas mujeres en España y Rumanía me hizo reflexionar sobre cómo optar por la autoexpresión consciente favorece directamente nuestra fisiología y salud mental (7, 8, 9)
Para la ciencia del comportamiento, la autenticidad se define como la congruencia entre nuestras experiencias internas (creencias, valores y emociones) y nuestro comportamiento externo (lo que decimos, hacemos e incluso cómo nos vestimos). Aunque su impacto biológico exacto se sigue estudiando, existen hipótesis sobre lo que ocurre en el cuerpo cuando decidimos ser fieles a nosotros mismos (10, 11, 12)
1. El costo oculto de mantener una fachada
Vivir pendientes de la aprobación ajena o intentar amoldarnos constantemente a esas expectativas (impression management) es biológicamente costoso. Camuflar nuestra identidad obliga a la corteza prefrontal del cerebro a trabajar demás, monitoreando y filtrando nuestro comportamiento. Al elegir la autenticidad (en un entorno seguro), reducimos esa fricción mental y liberamos energía metabólica que el cuerpo puede redirigir hacia cosas más importantes.
2. Una señal de seguridad (cuando el entorno lo permite)
Actuar de forma opuesta a nuestros valores reales genera contradicción interna (disonancia cognitiva). Algunos modelos sugieren que esta incongruencia crónica es interpretada por nuestro sistema nervioso como una amenaza sutil pero constante, que activa el estrés.
Por el contrario, la autoexpresión libre funciona como una señal de seguridad que promueve la calma y el equilibrio, siempre y cuando el entorno ofrezca una base mínima de seguridad. En entornos hostiles, regular qué tanto nos mostramos (dónde y con quién) es también una forma válida y necesaria de proteger nuestra energía y supervivencia.
¿Por qué es contagiosa la Autenticidad?
Esa sensación de “libres ellas, libre yo” que tuve haciendo ‘people watching’, tiene su lógica. El comportamiento seguro y expresivo de otras personas (sobre todo mujeres) es un disparador ambiental. Ver a alguien cómodo en su piel disminuye nuestra propia inhibición social; es como si su presencia le diera a nuestro sistema nervioso el “permiso” y la seguridad que necesita para bajar la guardia.
‘’He Who Is Brave, Is Free’’ — Lucius Annaeus Seneca
La Autenticidad como Hábito
La buena noticia es que la autenticidad no es un rasgo fijo con el que se nace o no; se trata de algo que podemos entrenar con hábitos diarios de pensamiento y acción. No he encontrado estudios que propongan un método específico, pero la evidencia sugiere que como la autenticidad florece en lo cotidiano, nuestras decisiones del día a día nos permiten entrenarla y mejorar nuestra línea base. Para empezar a fortalecer este músculo, te sugiero experimentar con estas dos prácticas:
La Micro-Decisión: una vez al día, en una decisión pequeña (el color de una prenda, el orden de tu agenda o lo que vas a beber), ignora “lo que se espera de ti” o lo que el entorno dicta y elige bajo tu criterio interno. Esto entrena tus vías neurales en escenarios de bajo riesgo.
Claridad > Complacencia: practica sustituir las respuestas complacientes por respuestas claras, fundamentadas y empáticas, sin pedir disculpas por tener una perspectiva diferente. Esto te permite establecer límites claros, construyendo relaciones mucho más transparentes y profundas.
Al final, convertir la autenticidad en un hábito diario no solo optimiza nuestra energía mental, sino que crea un entorno favorable para que los demás se atrevan a hacerlo también. (13, 14) Recuerda que no tienes que transformar toda tu vida de la noche a la mañana. Elige una pequeña acción hoy, un espacio seguro, y empieza desde ahí.
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Me encantaría leerte en los comentarios:
¿Qué has observado o aprendido en tus viajes, ya sea sobre ti, sobre los demás o la humanidad en general?
¿Hay algo que haces en tu rutina solo para encajar? ¿Cómo te hace sentir esto?




